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Humor amarillo

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El humor amarillo

Pasas por el escáner con los pantalones medio caídos. Al llegar al puesto de control te han hecho dejar en una bandeja el cinturón, el móvil, el iPad, las llaves, el reloj, el bolso, el abrigo y los zapatos. La cinta se lo ha tragado todo junto con el equipaje de mano. Suena un pitido, un vigilante te detiene mientras otro escudriña tu maleta, desbarata tus cosas. Deberías haber metido la ropa interior nueva. Una guardia te obliga a retroceder. Palpa tu cuerpo, notas la presión. No te gusta.

Por ahora los escáneres sólo ven la materia, no el espíritu. Menos mal. Tal vez en el futuro serán tan sofisticados que al cruzar su arco nos explorarán el cerebro. Sabrán qué pensamos, si somos de derechas o de izquierdas, si nos sentimos inocentes o culpables…

No sólo humillados.

Te ordenan que avances. “Puede irse”. Llegas a la sala de espera de la terminal y lo primero que oyes por el altavoz es que vigiles tu equipaje. Esa advertencia se repite cada pocos minutos hasta que tu subconsciente asume que estás a merced de un enemigo invisible. El sistema necesita que sospeches hasta de ti mismo.

Vas a dar con tus huesos en la primera cafetería que encuentras. Iberian ham croquettes, Olivier salad with trout roe, Surf and Turf… No te convence ni en inglés. Te asomas al mostrador y pides un bocadillo de jamón ibérico. Preguntas por ese medio cuarto de barra como por un enfermo.

–¿Qué tal está?

–Póngase a esa cola. Esta es la de los cafés –responde el empleado.

Haces lo que te ordenan. Otra vez. Un bocadillo de tortilla rancia y dos cafés después, y llega tu turno.

–El minibocadillo de ibérico ¿puede ser sin tomate?

–No –contesta.

–¿Por qué?

–Porque no los hay. Son 6,90 euros.

¿Qué? 6,90 euros y, encima, a los bocadillos sin tomate que les den, y a ti también. Te sientas en una silla incómoda, te llevas el pan a la boca y… Qué va a estar crujiente, está duro, y el jamón… no sabes de dónde ha salido, pero de una pata de cerdo no. Al poco rato necesitas empujar con un poco de agua esa inmensa bola de masa que se ha formado dentro de tu boca. Y regresas a la cola.

–Un café con leche y una botella de agua.

–El café con leche son 2,50. Y el

agua, 3,65.

Te parece que miente, pero no.

Te sientes como el chino Cudeiro en una especie de Humor amarillo, de liana en liana hasta el batacazo final. Eres lo que se llama un consumidor cautivo. Atrapado en un aeropuerto. Su prisionero.

Has echado tanto tiempo cogiendo aire que casi pierdes el avión. Al enfilar la puerta de embarque evitas mirar atrás. Te han descalzado, te han tocado, te han humillado y te han atracado. Corre. Vuela. No puede haber nada peor. O quizá sí. Asiento 18F. Olor a humanidad y tus rodillas hincadas en la mandíbula. Alguien debería proponer una condecoración al mérito aéreo.

Escrito de Susana Quadrado en La Vanguardia

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